el abrazo

Aquel día después de mucho pensarlo, decidí abrir la puerta del armario de mi abuelo; un gran mueble de madera que siempre permaneció para mis ojos cerrado. El abuelo tenia la única copia de la llave y nunca quiso mostrarme su contenido pues el me decía que yo era demasiado pequeño para entender lo que allí se encontraba.

Habían pasado ya varios años desde que el abuelo Ramón pereció a manos de un taxista ebrio que olvido que las banquetas no eran el lugar correcto para los vehículos de motor. Mi abuelo simplemente se encontró en el lugar incorrecto en el momento menos indicado.

Mi madre paso muchas noches en vela llorando por su trágica muerte pero yo siempre permanecí tranquilo, pues mi abuelo me enseño que no teníamos que llorar la muerte, sino simplemente aceptarla pues nunca podríamos cambiarla por mas que lloráramos o quisiéramos retroceder en el tiempo. Lástima que mi mama nunca escucho sus palabras, se habría evitado muchas lagrimas.

Procuré saber donde dejaría la llave de su misterioso armario pero siempre permaneció en mi mente la incertidumbre, ya que tenía la seguridad de que mi abuelo no me permitía observar su contenido por alguna razón, pero el ya no estaba aquí para prohibírmelo.

Tome la llave y la inserte cuidadosamente en la cerradura, y lentamente le di vuelta. El sonido del fierro viejo rechino en mis oídos como un cuchillo raspando un pedazo de acero oxidado. El seguro hizo un ruido fuerte y pude escuchar como se botaba el seguro. Al abrir el armario tuve un sentimiento de derrota gigantesco. El mueble se encontraba vacío, y en sus cajones no había nada más que polvo viejo que se acumulaba a través de los años.

Por años me pregunté porque el abuelo no me dejó observar el interior de un armario vacío, la idea se volvió una obsesión y trate de distintas formas encontrar respuesta a tan intrigante enigma. Pasaron los meses y no podía hacer más que pensar en esa situación donde me encontraba envuelto, hasta que se me ocurrió entrar de lleno a la situación y un día mientras mi abuela se encontraba lavando los platos, abrí de nuevo las puertas del armario y me encerré dentro.

Me mantuve en silencio por varios minutos mientras que lo único que me acompañaba era un olor extraño a moho. El tiempo siguió avanzando, y debido al olor, la cabeza me comenzó a doler y sentí ganas de vomitar. Al querer salir del armario me vi imposibilitado, pues había olvidado que la llave quedó pegada en la chapa y por dentro era imposible abrir.

Comencé a gritar y golpear la gruesa puerta de madera, pero sin una respuesta positiva. Así me mantuve durante más tiempo del que puedo recordar y lentamente perdí la energía hasta que no pude hacer más que observar la oscuridad que me envolvía. Cerré los ojos y me resigne a no salir de ahí jamás. Lo último que recuerdo fue la figura de mi abuelo que me envolvía con sus brazos y me decía: “Por algo nunca te quise abrir la puerta muchacho tonto.”

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Published in: on enero 27, 2011 at 10:00 am  Dejar un comentario  

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