“Tal vez debería incluir en su testamento una cláusula que especifique lo que se debe hacer con el dinero excedente de las empresas multinivel de las que es dueño.”

Al hacer ese comentario inocente, Joel desconocía las intenciones y doble moral de las personas que rodeaban al señor Ricardo, fue después de escupidas las palabras que el se dio cuenta de que las personas que se encontraban a su alrededor eran como víboras acechando al único sapo en todo el estanque.

 

“Es una idea descabellada, pero en el ocaso de mi vida y después de alimentar tantas riquezas como las de los hombres aquí presentes, creo que es momento de regresar a la sociedad todas las facilidades y el apoyo que me han brindado a lo largo de mi carrera laboral.” agregó el señor Ricardo.

 

Los murmuros comenzaron en todas las esquinas de aquella sala de conferencias, donde lo único intermitente era la luz del cañón de proyección, que mostraba gráficas que no hacían mas que resaltar el poderío económico de la empresa. Las lenguas comenzaron a soltar veneno entre si, tal decisión del señor Ricardo dejaría sin varios millones a socios mayoritarios, que hasta ese momento, estaban contemplados como herederos directos del dinero del imperio.

 

Aquel abogado resintió su decisión de abrir la boca y trató de hacer cambiar de opinión al señor Ricardo, pero era muy tarde, la idea se había adentrado profundamente en su cerebro y comenzaba a visualizarse a si mismo como el millonario excéntrico cuyo aporte a la sociedad sería recordado por siempre, incluso podrían construirle una estatua en medio de un parque.

 

Al salir del edificio el abogado sintió una fría brisa que atravesó su espina dorsal como un cuchillo en mantequilla, subió a su vehículo, acomodo el espejo retrovisor y encendió el motor. Avanzó con tranquilidad y al llegar a la salida del estacionamiento una gran camioneta negra se le atravesó en su camino. Comenzó a tocar el claxon para que se quitara pero el solo alcanzo a ver que unas manos se asomaron por las ventanas y balas rociaron el carro del abogado. Hecha la acción la camioneta se precipito a toda velocidad por la avenida y se perdio entre el mar de automóviles.

 

Todavía consciente, el abogado trato de usar su teléfono para llamar a una ambulancia, pero la perdida de sangre lo había debilitado y sentía como poco a poco se le iba yendo la vida, mientras las personas lo miraban con cara de asombro y terror. Mientras moría, escucho que alguien grito: “CUIDADO”. Segundos después un cuerpo aterrizó estrepitosamente sobre el cofre del auto del abogado; era el señor Ricardo, quien en su último suspiro lo volteó a ver y le dijo: “Todo esto es culpa tuya.”

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Published in: on junio 5, 2011 at 6:40 pm  Dejar un comentario  

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