Eran muchos los hombres que iban a esa montaña que dormía a las orillas de la carretera. Cada que iba al manantial por cubetas de agua, podía verlos pasar como figuras oscuras bailando entre las ramas de los árboles iluminados únicamente por la luz de la medianoche.

En uno de mis frecuentes viajes, alcancé a escuchar uno que caminaba erráticamente mientras balbuceaba algo sobre una mujer de cabello negro que realizaba una interpretación de el florecer de las rosas en invierno. Traté de no ponerle mucha atención pues el hombre vestía unos pantalones rasgados y una camisa a cuadros en la que todavía podía observar restos  de salsa salpicados aleatoriamente sobre su cuello. Continué mi marcha por el camino de tierra pensando en el hombre y en su falta de calzado, cosa que llamó mi atención de manera vaga y lejana como la cima de aquella montaña.

Mi tranquilidad se vio interrumpida por el sonido de unas pisadas que al parecer se acercaban a mi paulatinamente, al voltear en todas direcciones y no poder encontrar la fuente de aquel escalofriante sonido, aceleré mi paso hacia el manantial y deje la culpa de la situación a mi cerebro, el cual probablemente me quería jugar un mal rato en un lugar tan solitario. El sonido iba y venía, pero mientras más me acercaba a mi destino, con mayor intensidad lo podía escuchar.

No se si fue por desesperación o simple hartez, que lancé un desafiante grito a la oscuridad exigiendo que quien estuviera rondando mis pasos diera la cara o me dejara en paz para continuar con mis asuntos. Todo permaneció en silencio a excepción del gentil silbido del viento al cual yo estaba ya acostumbrado, y al no encontrar respuesta a mi desafío, proseguí en dirección al manantial.

Al llegar ahí, aún con el nerviosismo a flor de piel, comencé a llenar las cubetas que cargaba con agua, mientras más rápido regresara a mi hogar, más rápido dormiría y olvidaría todo el asunto para ocupar mi cabeza con los problemas del día siguiente. Casi al finalizar con la última cubeta, escuche un chapoteo en el agua; voltee a todas direcciones esperando encontrar un sapo o un pez pequeño, pero mi sorpresa fue mayor al observar a un tlacuache pataleando por su vida a unos cuantos metros de donde yo me encontraba.

La creatura peleaba por su vida, pero le era imposible escapar de las garras del agua, me quede inmóvil por algunos momentos, pensando si sería lo más prudente irme a mi casa y dejar al animal a su suerte o tratar de ayudarlo de alguna manera. Los chillidos del animal eran agudos y denotaban el dolor que le suponía el no poder respirar correctamente. Fue en ese momento cuando sentí lastima por el animal, ya que ningún ser vivo merecía tan horrenda muerte como lo es un ahogamiento. Puse las cubetas a un lado del manantial donde no pudieran caerse y me aventé al agua.

El movimiento excesivo del tlacuache me impedía tomarlo suavemente para ponerlo a salvo, así que no me quedo otro remedio más que arrastrarlo de la cola hacía la orilla. El animal tal vez intuyó lo que yo intentaba hacer y dejo de moverse hasta que lo puse en tierra firme. Húmedo y alterado, el tlacuache chilló una vez más y se alejo corriendo a toda velocidad para perderse entre la maleza. Me quede parado unos momentos, tal vez esperando a que pasara algo más, pero al recordar al hombre que había visto hace algunos minutos y las pisadas que me acompañaban, tomé las cubetas y me enfilé velozmente de regreso a mi casa.

A medio camino, mientras avanzaba, cruzó frente a mi una pequeña silueta negra que me dejo congelado en mi posición, casi instantáneamente, nubes espesas y oscuras obstruyeron la poca visibilidad que me ofrecía la luna llena y el viento comenzó a soplar de manera tétrica. Volví en mi y comencé a sentir miedo y lo único que atine a hacer fue a correr rápidamente por aquel camino de tierra. Había avanzado algunos metros cuando frené totalmente al encontrarme frente a frente con la criatura que había salvado de la muerte hace poco. A pesar de que era un animal pequeño, sus ojos negros se mantenían fijos en los míos y me intimidó de sobremanera. Durante algunos momentos, sentí que el tlacuache estaba observando directamente en mi corazón y que inexplicablemente podía leer mis pensamientos, o al menos eso fue lo que yo sentía al encontrarme frente a frente con el.

Iba a resumir mi camino cuando sucedió algo que hasta este momento no he podido comprender con totalidad. El tlacuache comenzó a hablarme con una voz grave y potente. Yo no podía creer lo que estaba sucediendo, y atribuí la situación a mi desgaste físico y mental, el tlacuache me dio las gracias por sacarlo del manantial y me dijo que si alguna vez quería su ayuda en cualquier cosa, podía encontrarlo en la cima de la montaña. Al termino de sus palabras se escabulló del lugar y se perdió en la oscuridad de la noche.

Esa noche regresé a mi casa y le di tantas vueltas al asunto que caí dormido como lo hace una piedra en un lago; profundamente. No puedo decir que tuve un sueño extraño, ya que con haber visto hablar a un tlacuache me fue suficiente, pero lo que si puedo decir es que de vez en cuando, escucho un chillido que dice mi nombre, y siempre sucede cuando paso por la montaña al ir por agua al manantial.

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Published in: on junio 24, 2011 at 5:29 am  Dejar un comentario  

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